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La política del desastre: la (mala) experiencia de Xalitzintla

El 21 de diciembre de 1994, el volcán Popocatépetl explotó por primera vez en más de setenta años. A las 01:54 horas, una intensa actividad interna abrió el conducto interno del Popo; el gas expulsado salió con gran presión arrastrando el material pulverizado del tapón que conservaba el cráter; ese material, al que se llama coloquialmente ceniza, se extendió en una nube por los cielos y produjo una abundante lluvia de arenilla sobre el valle de Puebla y Cholula.

La madrugada y la mañana del 21 de diciembre de 1994 cayó ceniza sobre Puebla y Cholula, no sobre Santiago Xalitzintla. Eso ocurrió después. Esa madrugada en el pueblo nada más se oyó el “tronidazo”. Con el amanecer, desde Puebla se veían las columnas de más de 6 km de altura. En las horas claras del amanecer llegaron a Tlamacas, punto situado en el Popocatépetl al noreste justo en el arranque de la alta montaña, a 4 mil m sobre el nivel del mar, los curiosos, las cámaras de las televisoras locales y nacionales, y sólo horas después, algún vulcanólogo o geólogo del CENAPRED o de la UNAM.

 

Santiago Xalitzintla

Santiago Xalitzintla, un poblado y un volcán / Imagen: VEDC

 

En Tlamacas las señoras que suben –subían— de San Pedro Nexapa estaban ahí, como siempre, vendiendo memelas y gorditas de frijol y alverjón. Veían la nube negrísima de humo pasar por encima de sus cabezas y extenderse sobre la ciudad de Puebla y dejar caer hasta allá su polvo fino, sobre los coches, las azoteas, el pavimento.

El grupo de geofísicos que había estado trabajando ya en la instalación de la incipiente red de monitoreo y los jefes de los Sistemas Estatales de Protección Civil fueron convocados durante ese día 21 por la autoridad federal del sector para evaluar la situación y tomar decisiones, que consistieron a la larga en poner en práctica una evacuación.

En materia de planificación, en Puebla, para efectos prácticos, y pese a la existencia de un Atlas de Peligros y un Plan de Protección Civil para el Volcán Popocatépetl (Macías, 2005), no había rutas de evacuación ni albergues identificados, ni estaba claro cuántas poblaciones estaban en peligro, ni cuánta gente podía haber en cada una de ellas. Se dio el caso de que San Pedro Yancuitlalpan, población contigua a San Nicolás de los Ranchos, Puebla, separada de ésta por sólo una calle, no fue alertada en las primeras horas de la emergencia, porque los responsables del “operativo” no sabían que en el núcleo de población que pisaban había no una, sino dos comunidades, y por lo tanto no se dirigieron a ellos, quienes no se dieron por aludidos.

Avanzó la mañana; a medio día, en Santiago Xalitzintla, comunidad del mismo municipio, los vecinos del pueblo miraban a su volcán tirando ceniza, veían cómo la nube pasaba de largo sobre sus cabezas, sobre la barranca de Huiloac, llevada por el viento valle abajo. Quizás algunos se asombraron; quizá vino a su mente lo que los abuelos contaban desde hacía años, el recuerdo de cuando Goyito aventó ceniza e “hizo feo”, más o menos por el tiempo de la Revolución, o un poco después.

Cuando el volcán era mina de azufre del general Gaspar Sánchez Ochoa, decía él que era suyo, y sus trabajadores le metían dentro del cráter unas carguitas de dinamita para que fuera más fácil sacar el mineral amarillo. En una de ésas, dicen, el volcán tronó, se murieron los que allí trabajaban. Otros también murieron en esos años de la Revolución, también a causa del volcán. Doña Micaela contó a Gabriela Vera:

 

 

 

Tenía como ocho o nueve años. El volcán aventó piedras, mis padres y las demás personas se espantaban porque las piedras llegaban hasta el pueblo. Dicen que del ombligo salían las piedras, eran piedras muy grandes, como así [alrededor de 30 cm de diámetro]. Mis papás se espantaban porque las piedras podían llegar hasta su casa y destrozar los techos. Uno de mis tíos se casó con una mujer que vivía en La Malintzin y vivía allá, pero su hijo, que era mi primo, quería venir a arrear los toros en los cerros. El boyerito, mi primo, vino cuando estaba “rezumbando” el volcán y un día al intentar cruzar el lahar.

[…], porque bajaba mucho lodo que era amarillendo y caliente y “traiba” muchos palos y ocotes, que cuando intentó cruzar se lo llevó el río con los animales, lo encontraron allá abajo, estaba semienterrado y apenas y se le veía su cuerpo, estaba descarnado y había perdido sus ropas. Pero nos acompañó Santiaguito, sí, nos acompañó Santiaguito

[…]. Arrojó piedras varias veces, se oía que rezumbaba el volcán. Los del pueblo ya sabían que el volcán tronaba en la tarde, entonces la gente ya sabía y hacía cosas que tenía que hacer en las mañanas. Como a las dos de la tarde tronaba el volcán y la gente entonces se cruzaba para evitar el no poder cruzar por el lahar. Salían a trabajar, leñaban y se regresaban a las dos de la tarde. Los padres rezaban mucho (Vera, 2005, p…).

 

La erupción de diciembre de 1994: cuando volvió a rezumbar el Popo

 

 

Ese 21 de diciembre de 1994 era miércoles. Según las costumbres de Santiago Xalitzintla, deben haber estado preparando las fiestas de la Navidad; tocaba la posada número seis de acuerdo con el calendario. La fiesta de la Navidad y la posada de Nochebuena le tocan al mismo mayordomo.

Es un festejo grande porque, aprovechando la fecha, suben de regreso desde México y Puebla los xalitzintlas que trabajan y viven en Chimalhuacán, Chalco, Valle de Chalco, el sur del municipio de Puebla. Vienen hasta del otro lado, de Nueva York, Chicago, Los Ángeles. Allá trabajan en un sinnúmero de ocupaciones: son albañiles, panaderos, jardineros, empleadas domésticas, vendedores ambulantes, policías auxiliares.

Tienen casitas allá en esas colonias, en esos barrios, pero también tienen su casa en Santiago Xalitzintla; son los ejidatarios, sus hijos e hijas, sus hermanos y hermanas, padres y madres. Los días de fiesta también se aprovechan para las bodas, los bautizos; es decir que en un diciembre pueden estar, en Xalitzintla, sus habitantes y sus invitados, además, como para aumentar la población en una tercera parte o en la mitad.

Además, como es fin de año, ya hay maíz de la cosecha, ya está listo para levantarlo; también por eso regresan los xalitzintlas, para estas faenas. El maíz morado, azul y amarillo. El maíz, la comida de todo el año, la seguridad de que no faltará una tortilla. En Xalitzintla, el calendario de fiestas es apretado: no dejan pasar mes sin que alguna mayordomía importante tenga actividad.

A pesar de eso, el pueblo en general se puede ver un poco vacío, con excepción de las fechas de diciembre, de noviembre, de Semana Santa, de julio con el santo patrono. Están los xalitzintlas de regreso en su pueblo cada diciembre, como el de 1994. El mayordomo del día 24 invierte una buena cantidad porque le toca invitar a las mayordomías de San José y de la Virgen María, y la posada del 24 de diciembre es para todo el pueblo.

 

IEl Popoctépetl en erupción

El Popocatépetl, un gigante que despertó en 1994 / Imagen: CUPREDER

 

Las respectivas mayordomías también hacen fiesta, porque es como una boda, “es otra vez el casamiento del señor San José con la Virgen María”, me explica doña Inés. Es mucho trabajo, muchas mujeres y hombres se afanan los días y las noches previas en el guiso, trayendo leña, acomodando sillas y mesas, poniendo los adornos.

Hay música de la tradicional, con banda de viento y tambores, y también se contratan grupos musicales que llegan con torres de sonido, como ahora les gusta “a los chavos”. Hay mole, tortillas, tamales, cerveza. Antes había pulque, pero se está perdiendo el maguey pulquero y la costumbre de tlachicarlo. Como quiera, algunos como don Ventura tienen buen pulquito en su casa para ofrecer cuando hay visita.

En esas deben haber estado en Santiago Xalitzintla aquel 21 de diciembre, cuando tronó el volcán. Por la tarde, más de 12 horas después de la explosión de madrugada, en la Ciudad de México, el Comité Científico Asesor para el volcán Popocatépetl del Centro Nacional de Prevención de Desastres emitió con mucha sobriedad sus indicaciones y recomendaciones respecto a la nueva actividad del volcán: evacuación.

La Secretaría de Gobernación instruyó al gobernador de Puebla para evacuar 16 comunidades que sumaban una población de 75 mil personas para ser trasladadas a ocho albergues en el estado de Puebla14. Sin embargo, se estima que sólo se consiguió la salida de 15 mil personas, todas ellas de 22 comunidades rurales de la falda del Popocatépetl en el estado de Puebla. Un porcentaje de aquéllos que salieron acudió a quedarse en casa de parientes o amistades, no en los albergues, cuyo número por otra parte ascendió a 26 en Puebla, Cholula, Huejotzingo, Izúcar de Matamoros y Atlixco.

En lo que la recomendación de los científicos se convirtió en indicación perentoria de la Segob, y fue armado el “operativo”, ya era de noche de ése día 21 cuando a los pueblos del volcán, a Santiago Xalitzintla, llegaron las patrullas de las policías, los carros del Ejército, de los bomberos, los camiones urbanos y suburbanos procedentes de Puebla para evacuar a las familias en peligro. Con las sirenas abiertas y altavoces, los soldados mandaban a que los vecinos salieran de sus casas en seguida para subir a los camiones que los llevaban a albergues instalados a toda prisa en Puebla y Cholula, habilitados en inmuebles escolares la mayoría.

La noche se llenó de ruidos extraños, golpes en las puertas de las casas, gritos y motores arrancando y frenando. “¡Va a explotar el volcán!, ¡salgan de sus casas!, ¡suban a los camiones!” (Glockner, 1996:196). En las calles de Santiago Xalitzintla y de otras comunidades se veía sobre todo a la gente arracimada. Con la presencia de los invitados de fuera y los que regresaban a su pueblo a pasar las fiestas, había más vehículos que de costumbre bloqueando las estrellas callecitas.

La gente cuenta que hubo mucho susto con la llegada de los vehículos enviados desde Puebla con sirenas en la noche del 21 de diciembre. Los microbuses y carros llegaron como a las 11 de la noche, haciendo mucho ruido y con altavoces para gritar por las calles que todos tenían que irse de ahí; llegaron también camiones del servicio público que el gobierno alquiló para sacar a la gente y llevarla a los albergues. Los autobuses seguían esperando en fila, y pasado el primer susto, no los abordaba casi nadie.

 

 albergues provisionales tras la erupción de 1997

Soldados y evacuados en los albergues provisionales tras la erupción de 1994 / Imagen; cortesía de La Jornada de Oriente

 

Toda la madrugada del día 22 se pasó en este jaleo, y cuando volvió a amanecer, ya la sorpresa y el susto que empezó por causa de las sirenas y los altavoces dejó paso a un enojo colectivo cada vez mayor, seguido de preocupación por los bienes que habían quedado atrás. Los que no dejaron Xalitzintla durante las horas oscuras ya no se fueron, de plano.

Por cierto, las familias que subieron a los carros de evacuación hicieron el viaje a Cholula más largo de su vida: para un recorrido que en ese entonces era de dos horas en un camino de terracería, emplearon más de cuatro horas. Algunos choferes no sabían llegar a los pueblos. Los caminos, siempre malos, empeoraron esa noche con el imposible tránsito de vehículos en dos sentidos. Las familias que tenían carro y parientes en algún lado se fueron, los que eran visita y traían cómo moverse se fueron.

Pero no todos; los hombres intentaron regresar a vigilar sus bienes, pero ya que habían salido del pueblo, no los dejaron pasar de regreso. De los albergues no los dejaban salir. Los de Xalitzintla compartían los espacios con sus vecinos de las comunidades de San Nicolás de los Ranchos y de San Pedro Yancuitlalpan.

Ahí se estuvieron, todos juntos, los días que duró la evacuación. Julio Glockner describe así la situación que le tocó presenciar:

 

En un par de días los evacuados que llegaron a los albergues de Cholula, que son los que yo frecuenté, estaban convencidos de lo innecesario de la evacuación y de que los daños económicos que podían sufrir al haber abandonado sus propiedades, y sobre todo sus animales, serían cada vez más graves si no regresaban pronto a sus pueblos.

Al cuarto día se les permitió a los hombres ir a darles de comer y beber a los animales. Muchas aves de corral habían muerto, sobre todo las gallinas y las totolas […] las diarreas eran frecuentes por el cambio de dieta, la comida no era suficiente, dormían hacinados en los fríos pisos de los salones de clase de una escuela y los días transcurrían en una desocupación aburrida y monótona. En cambio, tenían algunas ventajas: atención médica y dental, peluquería, algunos obsequios y consideraciones que nunca habían tenido (Glockner, 1996).

 

En Xalitzintla (y en casi todas las poblaciones) la gente se quejaba:

 

Si vienen a ayudarnos, para qué traen armas, para qué se ponen chalecos antibalas, para que traen tanques de guerra, rifles, pistolas, para qué nos amenazan y hasta nos quieren tirar nuestras puertas.

 

Muchos, con el susto, sí agarraron sus cosas y se fueron, sobre todo, en un primer momento, los que tenían vehículo propio. Los que no tenían parientes que los recibieran llegaron a los improvisados albergues ya de madrugada, ahí se tuvieron que formar para esperar a que alguien del DIF, o del Ejército, o de la Secretaría de Salud, los incorporara en un registro, por familias, y ya luego poder pasar a descansar sobre el suelo, en algunas colchonetas o cobijas18. Pero descansar no pudieron; algunos cuentan que hubo enfermos del susto, otros pensaban, conforme pasaban las horas y amanecía, en sus animales y sus milpas.

 

Andamos tristeando por andar causando lástimas, yo nunca había salido de mi casa estos días, hubiera preferido seguir cerca de Gregorio, aunque se hubiera enojado mucho, total, por algo se ha de haber amuinado, además, quién lo conoce como nosotros.

 

Muchos no se fueron de Xalitzintla; no hay acuerdo sobre cuántos se quedaron, pero lo que sí es seguro por los testimonios de las familias es que en cuanto pudieron, fueron saliendo poco a poco para subir al pueblo a dar una vueltecita, o de plano a quedarse arriba, en cuanto se vio que los días pasaban y el volcán ya no hacía nada.

 

Ceremonia de tributo a  la Rosita, nombre del  Iztaccíhuatl. Agosto de 1996.

Vecinos de Xalitzintla en la ceremonia de tributo a  la Rosita, nombre popular del  Iztaccíhuatl, en agosto de 1996 / Imagen: cortesía de Rafael García Otero

 

Menudearon entonces las expresiones con relación a que la ceniza se había ido para Puebla (la ciudad) y cómo en Santiago no había caído mucha. La verdad es que sí cayó algo de este material sobre el pueblo, pero eso fue el día 23 y ya para ese entonces la gente estaba más preocupada porque tenían que pizcar el maíz, los animales seguramente estaban muriendo de hambre y sed y empezaron a observar una serie de problemas causados por su estancia en los albergues, aparte de la incomodidad misma de estar ahí.

Don Antonio es el tiempero de Santiago Xalitzintla; es el conjurador del mal temporal. Ahí nació; su padre también fue tiempero y desde chico empezó a subir al monte, requerido por don Gregorio Chino Popocatépetl, para hacer sus trabajos. En sueños recibe don Antonio las revelaciones del volcán y de su compañera, Rosita Iztaccíhuatl. Él se encarga de la mediación con las montañas; hace su trabajo con el apoyo de las mayordomías del Sacromonte y de Chalma.

Él estaba trabajando en la Ciudad de México en esos días, por eso no pudo evitar que se llevaran a su familia al albergue de Cholula; “nos llevaron”, recuerda enojada doña Inés, su esposa. Al albergue fue por ella su marido, bien seguro de que no debían alejarse del pueblo, porque no tuvo ninguna revelación en sueños al respecto.

 

Mi papá no estaba a gusto, nos decía “es que no va a pasar nada, no me creen”. Decíamos “es que por las buenas o por las malas, o uno no sabe, por las dudas”.  Él decía “es que no va a pasar nada; ya ves, les dije”, y ya qué podíamos decirle. Mi mamá se enfermó del estómago.

 

Mucha gente mayor también optó por quedarse: “aquí nací, y aquí me tocó perder”, decía un viejo de Nealtican, el pueblo que está un poco más abajo de Xalitzintla.21 La evacuación duró del 21 al 27 de diciembre de ese año, cuando por fin se permitió el regreso de los pobladores. El retorno culminó el día 28. Cuando las familias llegaron a sus casas, una semana después, confirmaron sus temores: regresaron a lamentar el maltrato de sus milpas y de sus bienes por la premura con la que salieron; faltaban animales y aperos, machetes, algún rifle.

“Fueron los soldados”, advirtieron los que se quedaron. “Fueron los soldados”, se sentenció. Ya sobre el año nuevo, la conversación de los santiagueños versaba sobre los males que causó la evacuación y afirmaban su convicción de salir otra vez “sólo cuando fuera de veras necesario”. Iniciado el año 1995, don Antonio soñó a Gregorio Popocatépetl que le dijo: “Yo estoy plantado por nuestro Padre, y mientras mi Padre no me diga, yo no me levanto, pero cuando me lo diga nos levantamos yo y Rosa. Pero mientras no me lo diga no pasa nada, no se preocupen y no se salgan del pueblo” (Glockner, 1996).

 

Simposio de académicos sobre el Izta-Popo 2015

Académicos y especialistas en un simposio sobre el Izta-Popo / Imagen: CUPREDER

 

Además, sucedió que se le vio al volcán, a don Gregorio, en las inmediaciones de Santiago Xalitzintla. Quien se lo encontró fue un feligrés de la iglesia mormona (en el pueblo la mayoría son católicos, pero hay una significativa presencia de mormones, suficiente como para que tengan un obispo a cargo de la congregación).

Este hombre contó que Gregorio le reclamó que ya tenía tiempo que no lo iban a visitar, a llevarle comida y ropa. El joven mormón le compró un pan, del cual Gregorio se comió la mitad y guardó la otra para su esposa “Genoveva Iztaccíhuatl”.

 

Córrele muchacho, veta pa’ tu pueblo, nomás diles que ya te encontré y avísales que los espero allá, que me vayan a visitar y que me lleven ropa. Hace siete años que no me llevan ropa. Diles que yo los espero allá, que no se olviden de mí […] (Glockner, 1996:200).

 

La revelación fue motivo de una asamblea en la presidencia auxiliar de la comunidad – cuyo cargo ocupaba un señor también mormón–, a la que asistió el pueblo en pleno y escucharon el relato del joven. Muchos rumores que ya habían empezado meses antes se desataron con fuerza: que si Carlos Salinas había vendido el volcán a los japoneses y por eso había temblado en Japón en esos días24, a cuenta de Gregorio Popocatépetl; que los hombres de ojos rasgados rascan en el cuerpo de don Goyo y buscaban tesoros; que si el volcán se había quejado de quemaduras, lo que fue interpretado como un reproche a los ganaderos que cada año queman los pastizales.

El pueblo de Xalitzintla no echó en saco roto las admoniciones del volcán y tomaron la decisión de hacer una visita extraordinaria al volcán, en ese mismo enero. Mandaron a traer a don Antonio, que estaba en esos días trabajando en México para que acompañara la procesión, y la gente se organizó para comprar regalos y las cosas de la ofrenda.

Al joven mormón lo “regañaron” en su iglesia por repetir su historia; procuró en adelante hacer silencio al respecto. A partir de 1995 empezaron las acciones de protección civil, las campañas de información. Santiago Xalitzintla, comunidad del municipio de San Nicolás de los Ranchos, estado de Puebla, situada geográficamente a 12 km de distancia en línea recta del cráter del volcán Popocatépetl, se hizo visible a los ojos de los medios de comunicación y de los promotores de la protección civil y los investigadores de los procesos de desastre.

Mucho salió en la televisión y en los periódicos, convirtiéndose así en el prototipo del pueblo en riesgo permanente por la actividad volcánica, y además con una “pintoresca” imagen que lo generalizó como el pueblo que cree, inocente e irresponsablemente, que el Popo no les hará nada. Antes estábamos bien guardados, nadie nos conocía; ahora todos saben del pueblito Santiago Xalitzintla.

 

Treinta de junio de 1997: la segunda gran erupción

 

 

Desde el 29 de abril de 1997 hubo gran actividad en el Popo: una sucesión de tres explosiones ocasionó incendios en la zona forestal y arrojaron ceniza sobre algunas poblaciones, entre ellas Xalitzintla. La onda de choque fue escuchada por “44 mil pobladores”, según calculó el CUPREDER.

 

Planeación de evacuación del Popo

Planeaciones y programas para la prevención en las zonas aledañas del Popo / Imagen: CUPREDER

 

Desde Xalitzintla se atestiguaba esta actividad, sin que la misma fuera correspondiente a cambios en el semáforo de alerta.28 Para mediados del mes de mayo, había ya instalado un “cordón militar” para impedir o regular el paso de los campesinos a las zonas boscosas más cercanas al cráter. En Xalitzintla estaba instalado un puesto militar en una oficina del edificio de la presidencia auxiliar. “El salón que llegó a ocupar el Ejército estaba recién hecho, ni lo habían inaugurado”. Nadie sabía si los soldados se iban a quedar unos días, unos meses o más, ni cuál iba a ser su función específica en caso de una emergencia. El gobierno estatal no fue consultado, mucho menos la comunidad de Xalitzintla. El destacamento permaneció, por cierto, diez años.

 

A las 17:55 horas del 30 de junio de 1997, el CENAPRED detectó en sus aparatos de monitoreo un “incremento extraordinario” de la actividad sísmica en el Popocatépetl. Preocupados, sostuvieron una reunión valorando el peligro que representaba esta actividad, cuya conclusión fue “la decisión de alertar30 a las autoridades inmediatas para recomendar la adopción de medidas orientadas a extender el estado de alerta hacia las entidades próximas al volcán” (Macías, 2005:80). En qué términos exactamente lo habrá expuesto el comité científico a la SEGOB, y luego ésta a los gobiernos estatales, no se sabe bien a bien; el hecho al menos en el estado de Puebla, fue que el gobernador indicó que el Sistema Nacional de Protección Civil (SINAPROC) instruía la instalación de la alerta roja, y que por lo tanto procedía preparar la evacuación.

 

En efecto, la pluma o columna eruptiva alcanzó una altura de 10 km sobre el cráter, no vista en tiempos recientes, según fue posible apreciar en un vuelo en helicóptero de la Policía Estatal. En Puebla gobernaba Manuel Bartlett. En la SEGOB federal ocupaba la cartera Emilio Chuayfett. Pocas horas más tarde, a las 8 de la noche, Bartlett reunido con su gabinete y representantes de la BUAP y de la XV Zona Militar atestiguaron que por televisión algunos voceros del Comité Científico del Cenapred decían que no había motivo de alarma, y que la alerta seguía en amarillo.

 

Al parecer, Manuel Bartlett interpretó esto como una falta de seriedad y un irrespeto a la soberanía estatal, porque lo que él decidió fue permanecer, como entidad federativa, en alerta roja, pero sin evacuar a población alguna.

 

El gobernador me preguntó directamente ¿usted qué piensa?, a lo que contesté ‘estoy en contra’; creía y creo que a pesar de las acciones inadecuadas y manipuladoras de CENAPRED y SEGOB, hay que apegarnos a lo que ellos están diciendo, hay demasiada confusión entre la gente de por sí con los colores del semáforo como para que tengamos uno color en la Federación y otro en el estado. Se me respondió ‘no vamos a evacuar, nos vamos a quedar en rojo’, y yo dije ‘está peor, entonces para qué sirve el color rojo, cómo nos vamos a quedar en rojo y no evacuar’. Nosotros [CUPREDER] habíamos hecho innumerables críticas al semáforo de alerta (Fernández, ibid).

 

Parece posible interpretar que este jaloneo entre autoridades federales y estatales en torno a un momento de gran actividad eruptiva (la columna de ceniza que emitió ese día el Popo fue la más grande hasta entonces) encuentra su explicación en el contexto de la lucha política que en esos días se libraba dentro del Partido Revolucionario Institucional por definir las candidaturas a la presidencia de la República.

 

Días después, Bartlett fue convocado para que ofreciera, junto con el presidente [Ernesto] Zedillo, una conferencia de prensa en la Segob para manifestar que no había ninguna animosidad entre ellos. Sin embargo, el propio Bartlett me contó, semanas después, que él les planteó su profunda divergencia de manejar la crisis de ese momento, y según dijo él, les manifestó su capacidad para movilizar al estado [en Puebla] con sus propios medios (Fernández, ibid).

 

Resulta preocupante que en medio de estas disputas quedara la población cuya seguridad se decía proteger. Por otra parte, como estos cambios de opinión fueron ventilados en los medios de comunicación, fueron del conocimiento de cualquiera con una televisión a la mano. La credibilidad de los expertos y autoridades quedó en entredicho.

 

La ceniza que emanó de la columna de 10 km que expulsó el volcán fue transportada por los vientos hasta la Ciudad de México y se precipitó sobre ella desde las 7 de la noche de ese día. No había caído ceniza sobre la capital del país, y este hecho generó una gran expectativa mediática, y también le otorgó al fenómeno eruptivo carta de existencia a otro nivel: no es lo mismo que caiga ceniza en provincia, que en la capital.

 

Sesión informativa del CUPREDER con pobladores del Popo 1995

Sesión informativa del CUPREDER con pobladores del Popo en 1995 / Imagen: CUPREDER

 

En Santiago Xalitzintla no cayó ceniza ese día; sin embargo, sí alcanzó a la comunidad un flujo de lodo que destruyó algunas milpas y bienes quienes viven en el mero asiento de la barranca de Huiloac. La milpa y parte del predio de Margarito de los Santos fue alcanzada por la avenida.

 

Blanche Petrich recogió en una crónica el testimonio y el sentir de esta familia y otros vecinos, esos primeros días de julio de 1997:

 

Primero sorprendidos y después molestos, ven pasar un desfile de periodistas imprudentes que fisgan sus vidas con cámaras y flashes. También pasan los de seguridad, los soldados del Ejército, los de la Cruz Roja. Todos con la misma urgencia, que se vayan, que cuándo se van a salir. “Nunca”, contestan.

Por la mañana vieron también, a pocos metros de su puerta, cómo unos chiquillos jugueteaban entre el lodo y uno de ellos se sumió hasta los muslos en la sustancia viscosa. Entonces llegaron los fotógrafos, los camarógrafos, los socorristas, las cuerdas, el barullo y se armó un espectacular operativo de rescate.

“El niño se quedó con sus patitas metidas en el lodo, no fue nada muy gravoso. Y ahora va a salir en todas las noticias. ¿Por qué tanto periodista nos viene a curiosear? ¿Qué de plano estamos tan feos?”, se pregunta Margarito (La Jornada, 2/07/97).

 

 

Cuando la crecida anunció con su rugido que ya bajaba hacia Xalitztintla, el fiscal del señor Santiago, que también vivía en la barranca, fue corriendo a tocar la campana. El aviso alertó al pueblo, y muchos vecinos se subieron al cerro Tlalmimilolpa, y otros se quedaron en el templo católico rezando. Don Moisés siguió explicando a la prensa:

 

–¿Qué astrológico sabe cuándo va a temblar? ¿Qué sabio sabe cuándo nos vamos a perder? Nooo, mis generales, no nos vengan a asustar. A qué vienen los soldados, si va a bajar la crecida ellos también se van a quedar topados.

Y como si lo oyera, asoma a la puerta un soldado, integrante de la patrulla de la 25 Zona Militar que lleva ya 15 días estacionada en el pueblo. Tímidamente se acerca:

–Prevénganse porque dicen que viene otra de estas– les dice.

Las mujeres se espantan. Moisés ni se inmuta.

–Pues aquí– esperamos.

–Aunque sea más pequeña viene otra creciente. Llega como en 15 minutos–repite el soldado.

–Pues aquí esperamos (La Jornada, ibid).

 

Pero había preocupación, la había habido todo ese año con tantos tronidos. Así que el mismo fiscal, de nombre Gregorio como el volcán, siguió confiando su preocupación:

 

Las otras crecidas más chingonas que dice don Ches eran de pura lluvia, no azolvaban como ésta *…+ Pues si vemos que de veras viene feo y hay que salir, pues nos salimos (La Jornada, íbid).

 

Ernesto Zedillo, presidente de la República entonces, visitó el día 3 de julio algunas comunidades de la zona de riesgo poblana, entre ellas Santiago Xalitzintla. Ese día fue memorable para la población: nunca había ido un presidente hasta su comunidad. ¡Don Goyo hasta hizo que viniera el presidente!

 

En Xalitzintla aprovecharon para manifestar una queja y un agradecimiento: En Santiago Xalitzintla un jaloncito de orejas al presidente auxiliar Juan Agustín Chalchi (…) porque hace un año le dieron ayuda para desalojar a la gente de las Cañadas y lo gastó en otras cosas. “¿Verdad?”, regaña el Presidente. “No, pos sí”, contesta Juan, quien lo invita a visitar sus oficinas, pero no pueden entrar porque no encuentra la llave.

Ahí, el general Mario Ayón le da una detallada explicación a Zedillo del despliegue operativo del Ejército, las labores que realizan, las secciones en las que han dividido a los hombres (desde la prevención hasta la evacuación y la reconstrucción) y en el que podrían participar hasta 15 mil efectivos de ser necesario. En los sitios visitados se agradece la presencia de los militares. “Ya no nos sentimos tan solos”, dice una mujer.

En síntesis, Zedillo les asegura, lo mismo en San Nicolás que en Santa Catalina Cuilotepec, la última comunidad que visita, que hay que estar tranquilos pero alertas; que las autoridades están preparadas para cualquier situación, que siempre tendrán apoyo y que los científicos le aseguran que no es muy probable que se agrave la situación (La Jornada, 4/07/97).

 

El volcán, con su actividad, provocó que por primera vez un presidente visitara el pueblo de Santiago Xalitzintla. También, por primera vez en muchos años, el Popo demostró un poquito de su fuerza directamente sobre la comunidad. La gente se preocupaba; las historias antiguas de otras veces que don Goyo había “hecho feo” empezaban a repetirse, servían para canalizar la incertidumbre, una cierta sensación de fatalidad.

 

Al mismo tiempo, se veía ya que el volcán, con su actividad, les brindaba a ellos, como comunidad, una posición ante las autoridades externas, de los niveles de gobierno estatal y federal, para poner una agenda de sus preocupaciones: necesidad de apoyos, necesidad de atención, escenario para dirimir conflictos internos. Don Goyo los hizo visibles.

 

El “episodio García Villalobos: diciembre de 1997-enero de 1998

 

Los últimos días de diciembre de 1997 y los primeros de enero de 1998 ocurrieron una serie de nuevos eventos explosivos que por su espectacularidad atrajeron la atención de los medios. Como ya se había hecho costumbre, hubo infinidad de declaraciones respecto de la intensidad de la amenaza, explicaciones de parte de los científicos y de los funcionarios de Protección Civil a nivel nacional. El tono de la información era tranquilizador, brindando la autoridad toda clase de seguridades respecto a planes de evacuación probados, albergues adecuados y listos, e instituciones calificadas.

 

Después de varios días de declaraciones periodísticas asegurando que el volcán regresaba a una fase de tranquilidad relativa, el 9 de enero de 1998 el subsecretario de Gobernación, Ricardo García Villalobos, declaró a los medios impresos y electrónicos que la siguiente semana se iniciaría “la reubicación de 20 mil personas asentadas en zonas de alto riesgo en las cercanías del volcán Popocatépetl. La primera población podría ser la localizada en la cañada de ‘San Xanizintla’ (sic), según versión difundida por Televisa, en la que se afirmó que los gastos estarán a cargo de los gobiernos federal y estatales” (La Jornada, 10/01/98).

 

 

Alejandra López CUPREDER

Alejandra López, investigadora del CUPREDER y autora de la tesis sobre el impacto de la política de prevención de desastres en los pobladores de Santiago Xalitzintla / Imagen: VEDC

 

El funcionario agregó que “en breve se construirán muros de contención para, en caso de una eventualidad del coloso, desviar el curso de los ríos de lodo y lava, y ganar el tiempo para poner a salvo a la población”. Para la construcción de estos muros, se precisaba, y así se dijo, la expropiación de las tierras necesarias. Los días posteriores, el Ejército Mexicano colocó un cordón de seguridad para impedir el paso de cualquiera a la altura del albergue de Tlamacas.

 

La reacción de los habitantes del volcán fue aguda. El equipo de CUPREDER que acudimos a Santiago Xalitzintla el fin de semana siguiente a la fecha de la declaración en medios se encontró con una población enardecida y reclamante; furiosa, es la palabra. Nos echaban en cara a los universitarios el “engaño” del que consideraban se les había hecho objeto. Afirmaban una y otra vez que habían visto “en la tele” al gobierno diciendo que los iban a sacar de sus casas y de sus pueblos.  Confirmaban de esta manera su preocupación de siempre: “Nos quieren sacar de aquí, ¿por qué nos van a sacar si el volcán ya se puso quieto? ¿Ya ven como sí nos van a expropiar las tierras?”

 

El saldo de este episodio fue absolutamente negativo, no sólo para García Villalobos, al que días después le fue solicitada su renuncia, sino para la relación entre los pobladores en riesgo y las autoridades. Creemos no exagerar cuando afirmamos que Xalitzintla ha sido un pueblo muy castigado por esta clase de errores.

 

Quince de diciembre de 2000: a la tercera...

 

–¿Qué es lo peor de las explosiones del volcán, doñita?

–Lo peor… son las evacuaciones.

 

 

Otra vez diciembre. El día 15 de ese mes, el CENAPRED advirtió actividad peligrosa en el volcán sin que hubiera manifestaciones visibles a simple vista, y recomendó una evacuación preventiva. A Xalitzintla volvieron las patrullas y las sirenas abiertas. El Ejército tenía ya un destacamento permanente en Santiago y en otros pueblos de los clasificados como de alto riesgo.

 

Durante los cinco años anteriores fue diseñado un plan general de preparativos para emergencia en caso de erupción en el volcán Popocatépetl. Con relación a ello, hubo mejoras en las rutas de evacuación: a Xalitzintla le pavimentaron, o casi, su camino a Cholula. Otro camino que los de Santiago usan mucho, el que va a Paso de Cortés y luego a Amecameca, no lo pavimentó el gobierno

 

del estado en ese entonces, por tratarse de una zona de alto riesgo.

 

Durante los años previos a ese diciembre, las paredes de Xalitzintla se vistieron de letreros que advertían la necesidad de estar prevenidos ante una posible erupción: Por si acaso… decía una campaña de la UAP, y junto a las palabras, un mapa en perspectiva que indicaba la ruta de evacuación y la ciudad en donde se hallaban sus albergues temporales correspondientes.

 

Un tiempo largo duraron estas bardas pintadas, junto a los grafitis de las bandas cholas que hay en Santiago y los avisos de los rumbosos bailes. Ahí estaban los mapas pintados la tarde en que otra vez empezó la evacuación. Pero en el Popo no se veía nada, de manera que nadie se fue, muy pocos. Otras veces ya había caído ceniza, una vez hasta gravilla en 1998, “ajá, en enero”, se acuerdan algunos, “no, fue en diciembre antes, en fin de año”, se acuerdan otros, cayó gravilla esa vez y nadie

 

les avisó, “no nos avisaron, ¿no que sí saben?, nadie sabe qué pasa en el Popo, sólo nuestro padre dios”.

 

Esa vez que cayó gravilla no les dijeron que salieran, ahora, sin que pasara nada, “¿es fuerza salir?, ¿para qué?” De nueva cuenta los camiones estaban en fila, con los choferes aburridos y amuinados porque los mandaron de improviso, no llevaban ni suéter, “ni un taco”, dijeron, aunque eso sí, les prometieron pagarles el día, que sumaron varios.

 

Ese 15 de diciembre había en Xalitzintla por cierto más gente de lo habitual; además de los muchos microbuses con chafirete estaban las patrullas y sus oficiales, los soldados –el pelotón incrementó su número por la emergencia–, habitantes de Santiago que ya estaban de regreso de México y de Estados Unidos para pasar fin de año… y también estaban las televisoras. De Televisa y de TV Azteca, plataformas de tráiler con equipo satelital apuntando al volcán. Técnicos, reporteros, camarógrafos, editores. Las tiendas del centro hacían su agosto vendiendo coca cola y cigarros. Santiago Xalitzintla tenía sus calles principales, las cuatro de la plaza, cerradas como cuando es la fiesta del patrón Santiaguito, entre tráileres, camiones y carros oficiales y particulares. Quién sabe cómo iban a hacer para mover tanto vehículo, si había que salir rápido.

 

Las televisoras buscaban la nota, mientras empezaba la explosión anunciada; desde 1995, la nota en Xalitzintla es el tiempero, el hombre que sueña con el volcán, a quien el volcán le habla y le comunica sus preocupaciones y enojos. Por el tiempero se supo que el volcán se llama Gregorio Popocatepetzintli; éste habla con aquél en sueños, le encarga trabajos para el cuidado del tiempo, del clima, y le exhorta a no tener miedo y a no abandonarlo. Lo que Gregorio dice al tiempero es conocido y atendido por el pueblo completo, porque lo dice Gregorio.

 

 

Desde hace varios años, a pregunta expresa de la prensa, la gente de Xalitzintla cuenta de su relación con don Goyo; lo cuenta rapidito, a media voz, o lo cuenta golpeado, cuando se dan cuenta de las preguntas bobas de algunos periodistas: “Oiga, y hoy que es el santo de don Goyo, ¿cuántos añoscumple?” Tan luego se enteró la prensa de la especial relación con el volcán, procuraron invitarse a las ceremonias que el tiempero dirige: en ocasiones había más fuereños que lugareños.

 

Antropólogos, comunicólogos, sociólogos, todo aquél interesado en el fenómeno buscó asistir, invitado o no, a las ceremonias. Algunos de estos visitantes y periodistas, que llegaron en temporada en que el calendario no indica ninguna ceremonia, ofrecen “pagar por evento”; a veces se oyen rezongos en el pueblo de vecinos que suponen que el tiempero está ganando dinero con don Goyo, se enojan de plano, pues, y luego no quieren participar en la cooperación de la ceremonia, ni subir a la misma. Pero luego se juntan y van, de todos modos, con el tiempero o sin él; al volcán hay que atenderlo, cuidarlo, “está malo, está enfermo, está así porque le echan cosas que le hacen daño, le queman su traje verde, le queman sus pies”. El tiempero sueña con él, pero otros lo han visto caminar por las veredas boscosas, a la orilla de los huertos de manzana y ciruela; es como un mendigo que sin embargo no les acepta comida, sino que pide que lo vayan a visitar a su casa. Bueno, hasta mormones, “herejes”, han visto a don Goyo. Así lo platican en Santiago; y se vuelve la nota de color en la televisión y la prensa. Esos días de mediados de diciembre andaban con los micrófonos y las cámaras, buscando quién les platicara de don Gregorio mientras empezaba la erupción.  Algunos vecinos contestan, algunos se pasan de largo, aburridos o amuinados.

 

Nada pasó el 15, aparte de la llegada de los camiones, las patrullas, las cámaras y las sirenas; nada pasó el 16, ni el 17. El 18 amaneció igual; como todos los días, lo que tenían que irse al monte, se fueron, los que tenían que pizcar, se fueron, los que tenían que bajar a vender a Cholula o Puebla, se fueron. Se preparaba una boda para ese fin de semana, los novios eran de Santiago, trabajaban en México y juntaron para una gran fiesta.

 

Fue al caer la tarde cuando el pronóstico del CENAPRED se cumplió: una explosión voló el domo que en repetidas veces se ha formado en el cráter, y los trozos incandescentes salieron despedidos y “coronaron” la cumbre del volcán con fuego. Los trozos ardientes, que no lava, se despeñaron y bajaron casi a 4 mil msnm. Como ya estaba oscuro, eran como las 7 pm, el despeñadero de rocas parecía un río de lumbre: la anunciada explosión tenía lugar, la evacuación estaba justificada.

 

El susto fue tremendo. Los policías salieron corriendo, las patrullas recorrían el pueblo ordenando el desalojo. Uno de los vecinos, que trabaja como enlace de la Secretaría de Seguridad Pública, se animó a ir con una cámara a grabar la caía de piedras, caminó toda la barranca de Huiloac y se acercó mucho al sitio de rodamiento de los piroclastos.

 

Dice don Nefi: “Yo estaba ahí, me aguanté, me aguanté, y por eso tengo la única película grabada mero directo”. Estas imágenes tienen como escenario el bosque a casi 4 mil metros de altura; con ellas regresó corriendo, acompañado de una patrulla, y luego grabó todo el corredero en Santiago. No se fue del pueblo, por supuesto.

 

Las imágenes que grabó este vecino no fueron muy conocidas, a pesar de su dramatismo. Quedaron para los archivos del gobierno del estado. La secuencia más famosa fue, en cambio, la que grabó TV Azteca, cuya cámara, por cierto, no estaba en Santiago Xalitzintla, sino en San Nicolás de los Ranchos. Desde Santiago no se tiene esa perspectiva del Popocatépetl, este pueblo está enjoyado en el lecho de la barranca y el cono se ve a medias tapado por el malpaís, así que las familias de Xalitzintla que estaban en la comunidad no vieron el “río” de lumbre; sí oyeron “el tronidazo”, en cambio, pero fue hasta que el señor-enlace bajó de la cumbre cuando cundió la alarma, a pesar de que la televisión transmitió en directo la explosión, en tiempo real.

 

Entonces empezó la evacuación a la fuerza: la cámara de Televisa captó a vecinos siendo subidos a jalones a los camiones.

 

(…) Como un señor que ya no vive que se llamó Gregorio Sevilla, a él en el 2000 los militares lo sacaron a la fuerza porque él no quería salir; él le decía a todos sus hijos y sus nietos “váyanse, yo aquí me quedo no va pasar nada”, pero sí lo sacaron muy forzado, en los reportajes se ve cómo lo levantaron de su cama. Ese señor Gregorio Sevilla fue revolucionario, fue zapatista, entonces imagínate él dice “pues si yo anduve entre las balas, y todavía estoy aquí, el volcán no va a hacer nada”.

 

Se sabe de muchas familias que se atrancaron en sus casas, apagaron la luz (o se las cortaron, eso no está claro), taparon las ventanas, encerraron a los animales: se escondieron para que no se los llevaran.

 

Maizales cerca del Popocatépetl

Maizales cerca del Popocatépetl / Imagen: CUPREDER

Yo me escondí con mi marido, así duramos varios días, no salíamos para nada, me decían mis hijas ‘véngase a México’, pero no, aquí nos quedamos, ¿cómo lo vamos a abandonar? [a don Gregorio]

 

No lo cuentan a la primera, pero se va sabiendo que muchos no se fueron. Tampoco se fueron, por cierto, los de la boda, aunque el gobernador en persona, acompañado de cámaras de televisión, les fue a pedir que aceptaran subir a los camiones. Más bien fue invitado él a la fiesta, que no se suspendió, ni el baile.

 

Otros tantos se fueron, por la fuerza o de grado. Las familias que salieron evacuadas procuraban que alguien de ellos quedara para cuidar sus cosas: no querían otro saqueo. Así que durante los días que estuvieron en los albergues de Cholula, los hombres iban y venían para dar de comer a los animales, vigilar las milpas y las casas. Costaba trabajo que les permitieran salir, hasta que hubo un acuerdo con el Ejército, único actor que en esta ocasión participó en la administración de los albergues.

 

La Secretaría de Finanzas del estado pagó pacas de alimento para los animales, para que su alimentación fuera más sencilla. Este gesto útil se vio opacado por otros dos: uno, de la flamante secretaria de Desarrollo Social, Josefina Vázquez Mota: asombrada por que existieran tantos pueblos en zona de alto riesgo en el volcán, declaró que promovería una reubicación de los poblados, en particular San Pedro Benito Juárez, en Atlixco, y Santiago Xalitzintla, San Nicolás de los Ranchos y San Pedro Yancuitlalpan, e incluso anunció una inversión millonaria para ello.

 

La reacción en Santiago fue inmediata: no rotundo, y una renovada desconfianza con relación a las acciones de gobierno. Ya de por sí se venía diciendo que lo del volcán era para “quitarles las tierras y vendérselas a los japoneses”, que “Salinas vendió” el Popo. El anuncio de la reubicación confirmó sus temores. Ni siquiera la advertencia de otra explosión, pronosticada para el 24 de diciembre a las 12 del día les distrajo de la preocupación principal: “¿Por qué nos quieren llevar a otro lado, si no pasa nada, a dónde nos quieren llevar?”

 

El otro gesto negativo vino del también flamante secretario de Gobernación: ante los medios de comunicación manifestó que, de ser necesario, se usaría la fuerza y se suspenderían garantías al amparo del Artículo 29 constitucional, para sacar a la población que se resistía a evacuar (El Universal, 18/12/2000). A algunos de los que no se fueron, les levantaron actas circunstanciadas del Ministerio Público, “lo que de ninguna manera significa que el gobierno se esté lavando las manos” (íbid).

 

El CENAPRED desanduvo lo avanzado en términos de credibilidad entre los pueblos del Popo, al anunciar para el 24 de diciembre una explosión que no tuvo lugar y, con ese argumento, mantener la recomendación de la evacuación. Con la presión suscitada por las intenciones anunciadas por SEDESOL y el gobierno del estado, cuando transcurrieron los días y nada más pasó los pueblos desalojados demandaron regresar, ya que no tenía sentido permanecer en los albergues. El 28 de diciembre volvieron a sus casas.

 

Todo este tiempo de emergencia y evacuación, el semáforo de alerta volcánica se mantuvo en amarillo, lo que formalmente no significa evacuación. Otra vez, ese diciembre de 2000, no cayó en Santiago ni una mota de ceniza.

 

22 de enero del 2001: otro evento importante

 

Todos de regreso en sus hogares. Ninguna comunicación adicional de parte de los voceros del CENAPRED o de los gobiernos federal y estatal. El 22 de enero, a las 14:58, el CENAPRED registró, mediante su sistema de monitoreo, nueva actividad:

 

(…) Se presentó un sismo volcanotectónico de magnitud 2.8 localizado al este del cráter. A las 15:15 inició una exhalación de vapor de agua que alcanzó 1 km de altura. Luego, a las 16:15 comenzó una exhalación grande de ceniza. A las 16:23 se incrementó la explosividad de esta emisión lanzando fragmentos y generando flujos de ceniza (piroclásticos) que descendieron por varias de las cañadas del volcán hasta distancias estimadas de 4 a 6 km, y flujos de lodo que descendieron hasta aproximadamente 15 km, quedando a 2 km de la población de Santiago Xalitzintla, Puebla. En este lugar, los flujos de lodo acarrearon bloques de hasta 0.5 mts de diámetro y un ancho total del flujo de unos 7 metros. A las 16:40 la emisión de ceniza había alcanzado una altura de 8 km sobre el nivel del cráter Debido al poco viento, la columna de ceniza se elevó verticalmente, para luego precipitarse en las cercanías del volcán. Se reportó caída de ceniza en Santiago Xalitzintla. A este episodio se le considera un VEI = 2.39

 

El CENAPRED reseña esta actividad eruptiva una vez consumada. El flujo de lodo llegó hasta Xalitzintla y ocasionó algunos daños a las casas situadas en la barranca. La nube ardiente o flujo piroclástico quemó pastizales y bosque, en áreas en las que precisamente suelen pastorear sus animales y trabajar leñando los campesinos de Santiago. Por fortuna, nadie estaba en el paso del material que arrojó el volcán. No hubo indicación de evacuación, ni alertamiento alguno. Esta vez, sí cayó ceniza en el pueblo.

 

El recorrido por todos estos episodios, estas estampas de lo que le ha sucedido a Santiago Xalitzintla con relación a su volcán inquieto, y con relación también a lo que esta actividad le ha traído, nos permiten un primer balance, haciendo el esfuerzo de ponernos en los zapatos encenizados de esta comunidad.

 

Entre 1994 y 2001, los pobladores de Santiago han sido evacuados dos veces, durante una semana en promedio. Ha padecido estos procedimientos en temporadas del año en que hay mucho trabajo para cosechar el alimento del año siguiente. De una evacuación a otra, los pobladores de Santiago han desarrollado estrategias prácticas para disminuir las pérdidas: los jefes de familia se quedan en grupos para vigilar milpas y animales; otras familias enteras se esconden en sus casas para que no los encuentren y poder quedarse con el mismo fin. Todo esto, a contrapelo de las instrucciones oficiales.

 

A Santiago Xalitzintla se le ha pedido que entienda (se le ha instruido, más bien), que el volcán Popocatépetl es un fenómeno natural que le puede hacer mucho daño, con distintas manifestaciones que pueden arrasar sus campos y sus casas. Comprendiendo estos fenómenos mejor de lo que se cree, y valorando sus opciones, algunos han expresado públicamente: si el volcán es capaz de tanto, y por su causa nos podemos quedar sin tierras y sin casas, mejor morir aquí, porque vivir para morir de hambre en otro lado, no es opción. El miedo existe; quienes tienen parientes fuera del pueblo y decidieron salir en alguna de las dos evacuaciones, aprovecharon esos lazos para alejarse… pero no mucho.

 

A la par de esto, han desarrollado un criterio para juzgar la información científica acerca del volcán. La contrastan con la evidencia ante sus ojos y, como no concuerda, sacan conclusiones: los científicos no saben qué pasa en el volcán. Mientras tanto, la vida sigue, y los desencuentros entre las poblaciones de la falda del volcán que están calificadas como de alto riesgo y los agentes de la Protección Civil, se suceden. Y el desastre tan temido desastre todavía no ocurre. ¿O sí?

 

 

El riesgo a desastres y lo rural; conclusiones provisionales

 

 

 ¿Qué tiene que ver el riesgo que implica un volcán activo, o cualquier riesgo, con el desarrollo rural? Escribe Víctor Toledo: “A la complejidad de un mundo globalizado sólo procede aplicarle un ‘pensamiento complejo’ capaz de entender que, por ejemplo, los fenómenos naturales y los fenómenos sociales ya no pueden analizarse separadamente”.

 

Los desastres son un rasgo muy propio de esta modernidad que vivimos y una preocupación de los pensadores occidentales (Beck, 1999). Son, también, un desafío complejo, que se concatena con la problemática rural de manera particular y aún poco comprendida. En las consideraciones conceptuales sobre la vulnerabilidad de los grupos sociales y su capacidad de respuesta quedan vacíos que impiden comprender justamente la posibilidad de acción de los actores, los entramados

hegemónicos que condicionan muy a priori los daños y que marcan linderos de movilidad y las costuras del poder que se ponen a prueba y a veces revientan en cada episodio de “anormalidad”.

 

En México, viviendo el paso de Estado benefactor al Estado de competencia, los antecedentes más inmediatos de una política de Estado ante los desastres se remontan a la legislación aprobada después del sismo de 1985 que afectó gravemente a la ciudad de México. La nueva ley del Sistema Nacional de Protección Civil (SINAPROC) definió algunas responsabilidades del Estado ante las emergencias y acotó las posibilidades de acción de la sociedad civil, al subordinarlas a las directrices del Ejército y de otros cuerpos especializados. La ley estaba inspirada en un enfoque reactivo ante la emergencia y no preventivo, confunde el desastre con la emergencia y reduce la prevención a los preparativos para paliar daños (Rodríguez, 1999).

 

Alrededores del Popo

Los pobladores del volcán: ¿una realidad molesta? / Imagen: CUPREDER

 

Las tareas definidas por el Estado como propias (el impulso a la creación de atlas de riesgos, los programas de información a la población vulnerable, la conformación de comités municipales de protección civil, etc.) fueron cumplidas parcialmente, a pesar de la creación del Centro Nacional de Prevención de Desastres. El principal centro de investigación en la materia dedicó sus esfuerzos a la indagación técnica y muy poco a dar cabida a la investigación social. En el trasfondo aparece una idea de modernidad tecnocrática que mira los acontecimientos desastrosos como asaltos de la naturaleza indisciplinada y omite el análisis de los procesos de conformación de riesgo derivados de los modelos de desarrollo.

 

El decenio de los noventa fue decretado por la ONU como de prevención de desastres; en los foros internacionales se discutieron los grandes problemas de deterioro ambiental derivados del desarrollo42. Está reconocida una relación entre desastres y deterioro ambiental, y una relación asimismo entre deterioro ambiental y modelos de desarrollo (Maskrey, 1993). 

 

Este razonamiento incorpora en apariencia a los campesinos e indígenas como actores de primer orden. En esta secuencia de razonamientos, lo que no se dice claramente es que el campo y los campesinos han sido objeto de políticas de desarrollo y explotación de los recursos naturales que les han empobrecido (a los campesinos y a los recursos), políticas que se dictaron en el auge de las sucesivas modernizaciones, como la Revolución Verde; son estos actores los que siguen pagando la factura de los costos del desarrollo y constituyen por cierto, cada año, un alto porcentaje de la población damnificada en los desastres.

 

 

Brigadista del CUPREDER Santiago Xalitzintla 1996

Brigadista del CUPREDER en Santiago Xalitzintla el año de 1996 / Imagen: CUPREDER

 

El papel que se asigna a los campesinos es ambiguo: entre depredadores y víctimas. En México, en 2000 el gobierno federal reformó la Ley de Protección Civil, sin que significara un cambio a favor de establecer políticas de prevención de largo aliento. Por el contrario, la reforma del Estado que importantes fuerzas políticas hegemónicas buscan apunta a la constitución de un Estado de in-seguridad, y al desmantelamiento del país para poner en venta infraestructura que no pocas veces se ha visto involucrada en episodios desastrosos, como la rotura de ductos de PEMEX en Nogales, Veracruz, en junio de 2003, en Acatzingo, Puebla, en enero de 2002, o en San Martín Texmelucan, Puebla, en enero de 2011.

 

No hay inversión social para empleos, mucho menos para dar mantenimiento a presas y carreteras. Al retirarse el Estado de sus viejas funciones, pone con ello en juego su legitimidad para encabezar acciones en emergencias. El paso al Estado nacional de competencia deja, pues, un saldo negativo en el cual se puede establecer un paralelismo: rige el libre mercado, rige el libre riesgo. Para el campo mexicano, los riesgos a desastres y sus consecuencias demandan una mirada específica que permita reconocer las particularidades de la problemática.

 

Los fenómenos naturales extremos, algunos de ellos consecuencia directa de la manipulación en el equilibrio de la naturaleza ejercida a lo largo de décadas por los patrones de desarrollo industrializador, golpean sin distingos en campo y ciudad, pero en el campo las secuelas se prolongan por años; las pérdidas anuales de cultivos a consecuencia de desastres son cuantiosas y no hay margen de recuperación entre una desgracia y otra.

 

En el campo cada unidad familiar afectada por un desastre puede perder todo o gran parte de sus medios de reproducción, y eso se combina con el abandono al campo cristalizado por “las políticas de ajuste estructural y de libre comercio” que lo tienen sometido a un verdadero y continuo estado de emergencia permanente, como ya lo han denunciado los productores organizados en el movimiento El campo no aguanta más.

 

De esta manera encontramos, con relación a las políticas de prevención, que éstas corresponden perfectamente en su enfoque emergencista con las políticas de abandono al campo señaladas. A esto es preciso agregar que el propio enfoque de prevención de desastres, hijo del pensamiento moderno occidental, corresponde a una lógica ajena a los procesos y estrategias de reproducción de las familias campesinas, y ajena también a la cultura y a las formas de relación con la naturaleza que persisten en las comunidades campesinas e indígenas.

 

La visión tecnocrática hace posible que las autoridades de protección civil se aferren a la idea de que un sistema de señalización –además inexistente de hecho—, ignorando las estructuras organizativas de las comunidades campesinas e indígenas, pueda sustituir acuerdos familiares y comunitarios en la decisión de una evacuación en el Popocatépetl.

 

Un proceso de desastre no tiene lugar en el vacío: impacta en un territorio que no es sólo el conjunto físico-natural disponible a simple vista, sino que se trata de un espacio socialmente construido, en donde tienen lugar las distintas estrategias de reproducción social y en el que distintas significaciones son recreadas para dotar de sentido a las decisiones y las acciones.

 

Desde esos espacios-escenarios es construido el significado del riesgo que mueve a lo que los especialistas llaman la gestión del mismo. En las comunidades campesinas, ese significado complejo envuelve y se nutre precisamente por una racionalidad alterna respecto a la relación con la naturaleza y por los procesos pautados por las estrategias de reproducción. En Santiago Xalitzintla, en la falda del Popocatépetl, la negativa a una eventual reubicación es la otra cara de no acceder a registrarse en el Programa de Certificación de Derechos Ejidales. En La Yerbabuena, comunidad de Colima, tampoco es una opción abandonar el territorio del Volcán de Fuego donde son comunidad.

 

En la Sierra Norte de Puebla están deshabitadas cuatro años después el 30 por ciento de las viviendas que el gobierno construyó para reubicar a las familias que quedaron sin casa después de las lluvias de octubre de 1999. Si algo hay que perder, no será la tierra, que es adjetivada; eso no está incluido en la gestión del riesgo de los campesinos e indígenas.

 

El escenario rural de los desastres permite, paradójicamente y de manera dramática, observar el choque de racionalidades y la lucha de los campesinos e indígenas por poner en marcha, a contrapelo del discurso hegemónico, sus estrategias de sobrevivencia y de manejo de riesgo, entre ellas, la migración. Viviendo en un estado de emergencia crónico, los campesinos organizados imaginan y ponen en marcha acciones de contrapoder articulándose como actores con propuestas muy complejas que consideran, sin enunciarlo explícitamente, la gestión de los riesgos a desastre. Así hicieron los campesinos de Santiago Xalitzintla, municipio de San Nicolás de los Ranchos, Puebla.

 

Este texto es un adaptación de Trama y urdimbre del riesgo a desastre en una comunidad campesina: Santiago Xalitzintla, Puebla, tesis de maestría en Desarrollo Rural de Alejandra López G. UAM-X, 2011.